Atlético de Madrid: La generación del 96

1
Victoria en la copa del rey y doblete del atlético de madrid

Los atléticos nacidos en los años 80 hemos conocido, a través de nuestros mayores, las historias de ese pasado mejor, esos años gloriosos de la historia rojiblanca que, cada vez más, parece difícil que vuelvan. La delantera de seda, los bicampeonatos de los 40 y los 50, las ligas de los 70, las faltas de Luis, la Intercontinental, la elegancia de Gárate; historias y anécdotas de un tiempo en que la clase alta del fútbol español no era cosa de dos.

Llegamos tarde. Con nosotros surgieron las Sociedades Anónimas Deportivas (no hace falta explicar lo que supuso eso para el Atleti) y, con ellas, la desmembración del Status Quo que había imperado en el fútbol español hasta entonces. Llegamos cuando tocó aferrarse a ídolos en vez de a títulos. Arteches y Manolos nos daban las razones para seguir que no nos daba la poca asiduidad con la que abríamos nuestras vitrinas. Futre y Schuster nos hicieron pensar que podríamos volver a tocar la gloria, pero el baile constante de entrenadores nos devolvió a la dura realidad, que seguía yendo en sentido contrario a nuestros sueños.

Para muchos, con la década de los 90, llegó el despertar de nuestra consciencia futbolística. Empezamos a darnos cuenta de qué significaban esas 8 franjas rojiblancas. El fuego que despertaba en nosotros el rugir del Calderón nos hizo creer que, a pesar de los pesares, veríamos algo que llevaba 20 años sin ver ningún atlético. Y llegó el verano del 95.

La ley Bosman no había llegado todavía al fútbol europeo. En las plantillas de los equipos españoles todavía reinaba la mayoría de jugadores nacionales. La zamarra rojiblanca significaba para muchos componentes del vestuario lo mismo que significaba para aquellos que poblaban las gradas del Manzanares. Y de los tres extranjeros que formaron parte de la plantilla de esa temporada poco hay que decir. Lubo Penev, el gigante búlgaro, el gran Cholo, que ya había dejado que los colores atléticos se instalaran en su ADN, y, por supuesto, Milinko Pantic, el hombre del guante en la pierna derecha.

Un equipo compensado. Atrás, la llegada de Molina, Santi y Geli apuntaló una defensa que, con dos clásicos de la casa (Toni y Solozábal), daría una seguridad como no se veía en años en las filas rojiblancas. El centro del campo combinaba la fuerza, garra y lucha del Cholo y Vizcaíno con la creatividad de Pantic y Caminero. Y arriba un mago y su ayudante: Kiko y Penev. Con ese once, Radomir Antic nos dio a conocer la gloria de la que algunos sólo habíamos oído hablar. Nuestro despertar.

Un año de felicidad, esa felicidad constante que, no nos engañemos, sólo da el estar durante toda la temporada en los puestos de cabeza. Una final ganada siempre da ese punto de éxtasis y su consiguiente semana de alegría. Pero un año luchando en la cabecera de la tabla mantiene esa sonrisa perenne que no nos pudimos quitar en 10 meses de competición.

Fútbol con mayúsculas. Eso fue lo que los chicos de Rado nos ofrecieron. Jugando a la contra como el Gran Atleti, dominando los partidos, a balón parado, tocando, con balones al área, los diferentes estilos futbolísticos se fusionaron en un equipo que llenaría de gozo los fines de semana de todos los atléticos. Y así, a través de ese camino, la Copa de Zaragoza y la Liga, que no pudo ser en Tenerife, pero sí fue en el Calderón (como quería el Cholo).

Y nos fuimos a Neptuno. Algunos ya lo conocían de las copas de Futre, otros tuvimos el gusto tras aquel partido contra el Albacete. Padres y abuelos nos decían que disfrutásemos de aquello, que a saber cuando volvería a repetirse. Cuán ilusos fuimos al no prestar la atención debida a aquellas palabras, al creer que habíamos vuelto para quedarnos.

A día de hoy, seguimos con aquel doblete en el corazón. La gloria de aquellos días impregna nuestros pensamientos cada vez que bajamos el Paseo de los Melancólicos acompañados por nuestros hermanos de pasión. Es el recuerdo de esa gloria el que nos hace creer que volverá, como a nuestros abuelos con la delantera de seda, como a nuestros padres con el Atleti de los 70. Por eso con Simeone nos hemos vuelto a ilusionar, porque volvemos a ver retazos de aquello que conocimos cuando nos hicimos mayores, cuando tocamos el cielo. La idea de que nuestros hijos no vayan a saber lo que es la miel de la verdadera victoria no se nos pasa por la cabeza. Hace 16 años entendimos el porqué de todo esto. Ahora, las nuevas generaciones necesitan un 96, y ha llegado un hombre que se va a dejar la vida por dárselo.

1 COMENTARIO

  1. Pasarán los años, seguirán viniendo victorias, títulos y éxitos, pero nada podrá igualar el doblete, un icono que representa a toda una generación de atléticos! Gran artículo!

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here