El día en que dejamos de creer

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Uno ha salido muchas veces del Calderón con una derrota en la mochila. Uno ha salido muchísimas, demasiadas, veces de un derbi en el Calderón con una derrota en esa misma mochila. Muchas, innumerables veces, con la sensación de haber sido robado. Muchas más incluso con la percepción de que había sido un partido que no habíamos merecido perder, que habíamos de hecho debido ganar. Y en otras ocasiones, como en este último derbi liguero de la historia del Calderón, con la sensación de que había presenciado un partido infame, malo en lo táctico y en lo futbolístico, y que, como casi siempre, se había acabado llevando el Madrid.

Pero lo que nunca antes, jamás, le había pasado al que esto escribe, es salir del Calderón tras un derbi con la percepción de que no había nada que defender. Tantos años, tantos lunes yendo a clase y al trabajo con la cabeza alta, por muy dura que fuese la derrota, por muy insulso que hubiese sido el juego desplegado por los que vestían la rojiblanca, pero con la convicción de que a pesar de caer pertenecía a algo diferente. Ese sentido de pertencia, esa creencia de que a lo que me sentía unido era a algo superior, algo que ellos no podían entender, algo que iba más allá de una simple afición, una simple simpatía hacia unos colores; algo que era más esencial, más tribal, más profundo que un simple equipo de fútbol; algo que era una manera de entender de la vida, de asumir lo que el destino te tiene reservado con la convicción de que la fe y la capacidad para creer en uno colores que sólo entendían los que llegaban afónicos a casa tras un derbi; eso, todo eso, se vio cuestionado en este último derbi liguero del templo.

Y es que es cierto que no jugamos bien, que apenas pisamos el área vikinga. Es cierto que el partido se decide por un gol de rebote. Es cierto que Fernández Borbalán inclina el campo los 90 minutos hacia el lado de siempre. Es cierto que la derrota, si no merecida, al menos sí es tan justa como puede ser una derrota ante el que probablemente es el peor Madrid de la última década. Todo eso es cierto; pero no es menos cierto que  en este último derbi ligero  el Calderón no fue el Calderón. Una grada callada durante 90 minutos no es el recuerdo que uno tiene de los derbis de su infancia.

Lo que uno recuerda es una grada que se levantaba a una con cada jugada dudosa. Una grada que hacía que el árbitro, al menos, dudara en las jugadas complicadas. Una grada que, fuese ganando, perdiendo o empatando, entendía cada balón y cada jugada como una batalla digna de ser luchada con todo el fervor que la garganta de cada uno de sus habitantes permitiera. Una grada que entonaba el himno del Atleti tres, cuatro y cinco veces por partido; con los puños apretados, con lágrimas en los ojos cuando la derrota estaba ya asumida, pero que rugía su cántico a voz en grito como una liberación, como  una manera de sentir una unión que sólo era posible a orillas del Manzanares, que sólo entendía aquel que lo cantaba bufanda en alto con los ojos humedecidos no por la derrota, no por caer ante el eterno rival, sino por la emoción de sentirse parte de algo que va más allá de cualquier resultado.

Pero en este último derbi del Calderón no sucedió nada de eso. No hubo un estadio cantando al unísono, levantándose enfervorecido a apoyar a su equipo y a cuestionar cada decisión dudosa del árbitro. No hubo nada de eso. Este derbi hizo que el Calderón se pareciese más al Bernabéu que a sí mismo. ¿Qué legado es este? ¿Qué aprenden hoy las generaciones que vienen de lo que ha de ser la afición rojiblanca? ¿Qué pensarán nuestros padres y nuestros abuelos de lo que hemos hecho con lo que ellos construyeron? ¿De qué sirve ser del Atleti si nos vamos a acabar comportando como uno más, como otro equipo que renuncia a su identidad?

Me duele perder, me duele más aun perder contra el  Madrid. Pero lo que más me duele es irme del Calderón pensando que ni yo ni los otros 50.000 atléticos que estábamos poblando la grada dimos todo lo que teníamos dentro para, si no ayudar a ganar a los nuestros, al menos sí salir con la cabeza bien alta, con ganas de que los que nos sigan puedan ir el lunes, y todos los lunes que habrán de venir, con su camiseta rojiblanca a clase haya ganado perdido o empatado su Atleti. La derrota puede ser culpa del Cholo o de los jugadores, pero eso es perdonable. Lo que nunca nos perdonaremos es que dejemos que nuestra identidad desaparezca, que lo que a nosotros nos hizo sentirn orgullosos no lo puedan sentir las próximas generaciones de atléticos. Partidos hay muchos, igual que victorias, igual que derrotas, pero nuestra identidad es irreemplazable, por mucho que estemos en años de bonanza, por mucho que seamos el tercer grande de España. Oportunidad habrá de resarcirse de esta derrota, pero luchemos porque sólo sea futbolística, que nosea identitaria. Luchemos por no ser como ellos. Luchemos por algo por lo que merece la pena luchar. Luchemos por el Atleti. No dejemos de creer.

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Guillermo Valiente

Redactor de cholismo y fiel seguidor del Atlético de Madrid. Abonado desde el 1994 y perteneciente a la generación del doblete. Primero el atleti y después el resto. Su dureza dureza tanto dentro como fuera del campo recuerda a la de Bruce Harper.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por este post, tienes toda la razón del mundo, yo me he sentido así, y esto no puede ser. Tenemos que dejar de “acomodarnos” para seguir siendo los hinchas del Calderón, la mejor afición del mundo.
    Repito, gracias.

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