El ídolo que se convirtió en futbolista

"Es mejor mirar al cielo que vivir allí" Truman Capote

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fernando torres atlético

Fui torrista. Hubo un tiempo en que si eras del Atleti no te quedaba otra opción, ibas al Calderón a ver a Torres. Fue el primer ídolo con el que compartí generación, el primer ídolo que tenía mi edad y que me representaba en el campo, un clavo ardiendo al que aferrarme tras dos años en Segunda División y con un futuro incierto para mi equipo con la memoria del Doblete como un recuerdo lejano y casi demasiado mítico como para ser real.. El Atleti deambulaba por media tabla y ver jugar a las plantillas de Manzano, Ferrando o Bianchi era poco menos que una agonía. Sólo aquellas carreras, aquellos desmarques alocados, aquellas batallas contra el mundo del Niño me hacían levantarme del sofá y peregrinar al Manzanares cada quince días.

El hombre que era el Atleti

Torres no era la estrella del Atleti, era su bandera. Torres era el chaval que estaba cumpliendo el sueño que el resto de nosotros anhelaba, Torres era nosotros sobre el verde, era aquéllo que llevábamos esperando los atléticos una década, era el símbolo de lo que habría de ser el resurgir rojiblanco en el siglo XXI. Y como símbolo que era todo le perdonábamos. Un fallo o un error de Torres no se criticaba, no se juzgaba, sólo se aplaudía. No he tenido discusiones más grandes en mi vida que las que tuve con no atléticos (y con algunos atléticos con respecto a Torres). Fernando era el mejor nueve del mundo y lo era por condiciones, por calidad, y porque era nuestro. Y el hecho de que fuese, ya no nuestro, sino uno de nosotros, era suficiente.

Con los años uno madura, lee, conoce gente, estudia y ve mundo. Con los años uno es capaz de distanciarse algo del fútbol, darle la importancia que tiene y entender que hay vida más allá de él. Pero en aquellos años mi vida era Atleti, Atleti y después Atleti. Si se perdía el fin de semana la semana siguiente era una semana de mal humor, de depresión y malas caras. Si había victoria lo que seguía era una semana de felicidad radiante, de sonrisa perenne. Era una relación de amor pasional, casi enfermizo. Una relación que no se basaba en nada racional, en nada justificable, era sólo pasión por ese escudo y esas rayas que vestían once tipos que poco o nada se identificaban con la gloriosa historia de lo que representaban. Menos Torres, porque Torres era el Atleti. Insisto, Torres era nosotros.

Hasta que dejó de serlo

Y entonces Torres me rompió el corazón. De repente Torres no era yo, Fernando no sentía ese amor incondicional, no era capaz de dejar de lado el prestigio internacional, la posibilidad inmediata de títulos y el crecimiento económico a cambio de defender toda su vida al equipo de sus amores. Torres no se despertaba pensando en el Atleti, salía a la calle pensando en el Atleti y se acostaba pensando en el Atleti. Torres era un futbolista. De la cantera, con un cariño especial hacia el escudo, el equipo y la afición, pero era un futbolista. Un profesional.

Y, que no se entienda mal, su manera de hacer es perfectamente legítima. Pero dentro de mi dejó de ser el mito que yo había construido, rompió con ese concepto de héroe de la rojiblanca que yo le había otorgado. Esa idolatría, quizá exagerada, se vino abajo con el anuncio de su marcha al Liverpool. Torres ya no era nuestro, ya no era nosotros. Torres ya era sólo del Atleti, ya no era el Atleti.

Son muchos años los que han pasado desde entonces y he tenido miles de veces la misma discusión con atléticos defensores a ultranza de la marcha de Torres. He oído todos los argumentos defendiendo esa marcha: los giles le obligaron a irse, el Atleti pudo fichar a Forlán con el dinero ingresado por su venta, era normal que se hartase de estar en un equipo de media tabla año tras año, no había posibilidad de crecimiento en un club cuyos dirigentes sólo querían expoliarlo, se había convertido en el rompeolas oficial de la directiva, y un largo etcétera. Y todos esos argumentos son válidos, son coherentes y son racionales, no lo niego. Pero mi sentimiento hacia Torres no pretende ser racional, como no lo es hacia el Atleti, y algo se resquebrajó el día en que Fernando cambió la ribera del Manzanares por la del Mersey. Porque no hizo lo que yo habría hecho, no se puso en contra del mundo y prefirió defender lo suyo antes que hacer “lo que había que hacer”, no fue Totti, no fue Gerrard.

Desde ese día pasé por varias fases en mi visión de Torres, desde la ira hasta la indiferencia. Fui a verle a Anfield, marcó un gol, me alegré, o no. Cuando reventó al Madrid en Champions me alegré, pero no se si por él o porque los ciervos se iban para casa. Cuando en la celebración de la Eurocopa le tiraron una bufanda del Atleti y se la ató a la muñeca no se si sentí orgullo o rabia contenida. ¿Era uno de los nuestros o no lo era? ¿Era yo siendo futbolista o era simplemente un profesional?

Volvió el futbolista

Sí que sentí cómo se iba apagando su luz en el Chelsea y en el Milan. Yo a Torres no le odiaba, no le deseaba ningún mal, sólo había un poso de decepción. Un poso que a esas alturas ya casi era imperceptible, ya había desaparecido de mi interior. Y me emocioné cuando aquel enero volvió el Niño al Calderón. Me emocioné cuando le volví a ver enfundado en la rojiblanca, me emocioné al ver al tipo al que yo había idolatrado, al que había sido la bandera atlética, pisar de nuevo el estadio en el que tantas tardes le había visto galopar sin control sorteando defensas en una carrera hacia el gol. Una carrera hacia el gol del Atleti, o lo que es lo mismo, una carrera hacia mi felicidad.

Pero hay cosas que, cuando se rompen, se rompen para siempre. El Torres que volvió no es el Torres que se fue. O más bien, el concepto de Torres cambió durante aquellas ocho temporadas alejado del verde del Calderón. Igual que cambió el concepto del Atleti. Igual que cambié yo. Fernando se fue siendo lo único que importaba del Atleti, el verdadero motivo por el que se iba al Calderón; y volvió siendo uno más, un recurso para el mejor Atleti de la historia. Fernando se fue porque el Atleti se le quedaba pequeño, y cuando volvió quizá le quedaba grande.

No van estas líneas en contra de Torres, ni mucho menos. Su compromiso ejemplar en las dos etapas está fuera de toda duda. Nos ha dado mucho desde su vuelta y ha sido una pieza más, a veces importante y otras no tanto, en esa maquinaria que es el Cholismo. Me apena su marcha, me da lástima que no se retire en el Atleti, pero no me duele. Doler me dolió cuando se fue al Liverpool. Eso se lo he perdonado, lo he entendido y lo he olvidado. Pero lo que se rompió aquel 3 de julio de 2007 nunca se reparó. Aquel día se marchó mi ídolo, el símbolo de lo que me hubiese gustado ser, hoy se marcha un futbolista. Un futbolista importante en mis recuerdos y en la simbología de mi equipo, pero un futbolista. El hombre que pudo haber sido nuestro Totti nos deja. Gracias por todo Torres, de nada por todo Fernando.

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