Resumen de 2013 de un hincha

Porque hay amores que durarán para siempre

2

Hoy hace un año que Sebas se dió cuenta de que su vida había cambiado. Dudaba de si para siempre. Ahora sabe que no. La Nochevieja de 2012 fue la primera que Sebas pasó lejos de su familia. Se dió cuenta tarde, justo cuando recordó como solía pelar las uvas todos los años junto con su hermana. Pelaban y preparban las de toda su familia. Las de sus padres, las de sus abuelos y las de sus primos y sus tíos cuando estos venían a pasar la Nochevieja a su casa. En aquel momento, cuando preparaba sus uvas y las de Teresa para despedir el 2012 le vino una pequeña brisa de melancolía. Fue un momento. Lo que tardó Teresa en aparecer en la cocina, darle un beso y decirle que volviese al salón con el resto de los amigos. Hoy la Nochevieja de Sebas será muy diferente, y cree que merece la pena hacer un resumen de 2013.

Teresa era su chica. La amaba y ella decía que le quería. Por ella lo había dejado todo y se había marchado de su ciudad, siguéndola hasta la suya. Había dejado atrás Madrid, a sus padres, a su hermana Mónica, su trabajo… y al Atleti. Le avergonzaba reconocerlo en público, pero lo que más echaba de menos (o lo que echaba de menos más habitualmente) era ir al Calderón. Beberse una cerveza con los amigos antes del partido. Ver jugar al equipo en las gradas dejándose la garganta y sentir las victorias como propias. Este año había sido grande. Por fin había visto ganar a su equipo al Madrid otra vez. Aquel día, 17 de mayo de 2013, Sebas no lo olvidaría en su vida. Aquel día sí que cambió su vida para siempre.

Como decíamos, a finales de 2012 Sebas decidió abandonalro todo por Teresa. Ella, sutilmente, le lanzó una especie de ultimátum: no estaba dispuesta a alargar más una relación a distancia. Ella era de Murcia, y los 400 kilómetros que separaban Murcia y Madrid se le hacían muy grandes. Se veían un fin de semana sí y otro no (el que jugaba el Atleti fuera de casa, claro, era el que se veían), y el verano lo pasaban practicamente entero juntos, pues en julio ella solía venir a Madrid y en agosto era él el que iba a Murcia. Así, Sebas se fue. Alquilaron un piso juntos, nada del otro mundo, pero suficiente. Teresa trabajaba en una famosa tienda de ropa, y a Sebas el padre de ella le consiguió trabajo en el almacén de distribución de frutas de un amigo. Allí trabajaría en el departamento de logística, que era justo para lo que él había estudiado, aunque nunca había conseguido trabajo relacionado con ello. De casarse hablaron un día pero ella le dijo: Bicho, nuestro amor durará para siempre… ¡Para que nos vamos a casar!”. Sebas la creyó, y pensó que tenía razón.

El año fue transcurriendo bien. De vez en cuando venía a Madrid. Al principio dijo que iría una vez al mes, pero ya en mayo dijo que no iría. Iría en verano ya, le dijo a sus padres y su hermana. Por su puesto le dolía no ir. No solo por sus padres, sino porque cada vez que visitaba Madrid conseguía que algún amigo le dejase el abono e iba al Calderón a ver al Atleti. “Menuda temporada me estoy perdiendo…” pensaba. Ver los partidos en Murcia en el ordenador no era lo mismo… Pero entonces, Teresa empezó a comportarse de manera extraña. Aprovechando unos días de vacaciones que le habían dicho en el trabajo que se tenía que coger antes de mayo, se fue una semana entera a Madrid. Le dijo a Teresa que le ampoañase, ya que hacía mucho que no iba a ver a sus padres. Podía pedir vacaciones en el trabajo o al menos un par de días libres. Pero Teresa se negó rotundamente. No quería ir a Madrid, decía. Le traía malos recuerdos… Luego, durante esa semana de finales de abril que Sebas estuvo en Madrid, ella no le cogió el teléfono ni una sola vez. La llamó todos los días, pero Teresa no contestaba. Tampoco a los mensajes. Solo el último día, el domingo que ya volvía a Murcia, ella le contestó a un mensaje suyo en el que ya dejaba entrever su irritación. Ella, no sólo no se disculpó por no haber sido capaz de dar señales de vida toda la semana, si no que le culpó a él de todo. Esa noche, cuando llegó de Madrid a su casa de Murcia ella no estaba. Ni ella ni la mayoría de sus cosas.

Le dijo que necesitaba tiempo. Se había ido a casa de sus padres. Un par de semanas solo. Además, el 19 de mayo era su aniversario. Cinco años ya de relación. Para entonces seguro que ya se me ha pasado, dijo. Él le dijo antes de colgar, “Teresa, a pesar de todo te sigo queriendo”. Ella no contestó y colgó. El entonces pensó: “Coño, justo dos días antes de nuestro aniversario es la final de Copa… ¡espero que si me deja me deje antes!”. Su padre le llamó para ver que tal había ido el viaje, y le recordó que si el 17 de mayo decidía ir a Madrid su entrada para la final le estaría esperando. Pagaba él, por supuesto. “Tu hijo, solo ven, y no te preocupes de nada más.”

Estuvo a punto de ir. Teresa seguía sin querer hablar con él. No contestaba al teléfono, ni a los mensajes ni a nada. Decidió dejar que pasase el tiempo. Eso sí, puso un plazo: “Si el día 16 sigue sin hablarme, yo me voy a Madrid”. Pero justo el día 16 por la noche ella le puso un mensaje. Corto y conciso. Sin sentimiento ninguno: “Mañana después de comer voy a casa y hablamos”. Y así fue.

No durmió en toda la noche. La duda era que le diría. ¿Le diría que le dejaba? ¿Le diriía que volvía a casa? ¿Que necesitaba más tiempo? A Sebas lo que más le preocupaba era que él mismo no sabía bien que quería. Llamó a sus padres por la mañana, para confirmarles que finalmente no iba. Le dijo a su padre que fuese con Mónica o con algún amigo al Bernabéu, que no desperdiciase las entradas. Pero le contestó que no, que si no era con él no iba, y que lo vería en casa por la tele.

A eso de las cuatro y media vino Teresa. Sebas no sabía muy bien qué decir, a parte de que no creía que tuviese que decir mucho. Así que la dejó hablar. Había conocido a alguien, dijo. El primer fin de semana que él se fue a Madrid, en enero, salió de fiesta con sus amigos a los bares de siempre. Era un chico en el que ya se había fijado hace tiempo, y sabía que él también se había fijado en ella. Pero hasta aquella noche de enero no se habían hablado. En ese momento a Sebas se le despejaron todas las dudas. Se levantó de la mesa y fue hacía su habitación. Sacó la maleta y metió en ella todo lo que pudo. Lo más imprescindible. Teresa al principio no supo como reaccionar, y se quedó sentada en la mesa. Pero después se levantó y fue a la habitación. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba intentó arreglarlo absurdamente. “No te enfades… son cosas que pasan. Lo nuestro no iba ya a ningún sitio. Hemos perdido la química.Química… A Sebas le hizo gracia aquella palabra… No sabía muy bien que significaba. Solo era una excusa. “Que sepas que no me he acostado con él. Cuando te fuiste el mes pasado a Madrid estuve un par de días en su casa. Pero no nos acostamos”. Como si eso le importase algo… Ya tenía la maleta preparada. Pasó al lado de Teresa, y el simple roce de sus brazos le hizo dudar. La seguía queriendo con locura. Justo cuando había abierto la puerta y ya la iba a cruzar se dio la vuelta. Allí estaba ella. Mirándola a los ojos se dio cuenta de que efectivamente la quería, y la seguiría queriendo para siempre.

-¿Dónde vas Bicho? No te te pongas así anda…

La pregunta y la situación en general le pareció absurda. Pensó que lo mejor sería decir la verdad.

-A Madrid, a ver el partido con mi padre, aunque sea por la tele.

-Ah sí… el partido.

Por un momento parecía que el cuerpor entero se le aflojaba. El corazón dejó de latir rápido, las piernas se le doblaban y los brazos no eran capaces de sujetar el peso de las maletas. Pensó: “Bueno, podría quedarme e intentar arrglarlo… Recuperar la química… Ya habrá otras finales…” Pero entonces ella dijo algo completamente inesperado:

-¿Sabes? Gustavo es también muy futbolero… Os llevaríais bien. Ojalá fuese así. Aunque bueno, ahora que lo pienso, él es del Madrid.

Un relámpago le atravesó a Sebas el cuerpo desde la coronilla hasta las uñas de los pies. “Encima… Encima un puto vikingo…”. Se le despejaron todas las dudas.

-Adiós preciosa. Que te vaya bien.

Cogió el coche y empezó a conducir lo mas rápido que pudo. Pero a la hora o así tuvo que parar a echar gasolina. Fue al baño de la estación de servicio y ahí se derrumbó. Se echó a llorar. Estuvo así mas de quince minutos. Pero entonces miró el reloj y vio que eran las siete pasadas. Le quedaban casi 250 kilómetros y a las nueve empezaba el partido. Tenía que darse prisa. Durante el resto del camino solo podía pensar en una cosa: llegar a casa a tiempo para ver el partido entero con su padre. No pensaba ni en Teresa ni el tipo ese… Gustavo. Vaya nombre. Tampoco le preocuparon los múltiples flashes de radares que le acompañaron durante el viaje.

Por fin llegó. Llamó a la puerta y miró su reloj: las 20.58. Abrió su madre. Se quedó sorprendida y en seguida le abrazó y le besó. Le miró fijamente a los ojos y entendió todo. Así son las madres. Después le dijo:

-Corre al salón con tu padre, que va a empezar el partido.

Así era. Su padre le miró le señaló su sofá preferido y le dio un corto abrazo.

-Juegan los de siempre.

El partido no hace falta contarlo. Todos sabemos como fue. Solo decir que Sebas y su padre no hablaron de otra cosa que no fuese el partido. Volvieron a abrazarse con el gol de Diego Costa y más aún con el de Miranda. Y entonces, el árbitro pitó el final. El Atleti había ganado al Madrid y era campeón. Sebas y su padre se miraron a los ojos fijamente, como no sabiendo que decir. Al final rompieron a llorar y se abrazaron. Un abrazo eterno. Sebas pensó que no todos los amores duran para siempre y que la vida es así. Pero por suerte, hay otros amores que sí duran para siempre. Su familia. Su Atleti.

¡FELIZ 2014! ¡FORZA ATLETI!

2 COMENTARIOS

  1. ¡Muchas gracias! Tiene parte de realidad y parte de ficción. Pero el mensaje es lo importante.

    Un saludo y gracias por leernos.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here