El Cholismo no cede

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El Cholismo no cede

Por primera vez hubo ayer momentos de duda en el Calderón. La primera hora del partido transcurrió con una sensación de que la presión por fin iba a surtir efecto sobre nuestra plantilla. Pero fue todo una ilusión, una ficción. Cuando se tuvo que ganar el partido, se ganó. Y 3-0. Porque es lo que tiene el Cholismo, que parece que no domina los partidos, que parece que baja el ritmo, pero es todo un disfraz. Y para cuando el Valencia se dio cuenta de lo que había detrás de la máscara se había llevado tres, que pudieron ser un saco.

Y es que sí es cierto que había «runrun» en el campo durante los primeros 45 minutos. Ni mucho menos se debía a falta de confianza o fe en los nuestros, en todo caso. El malestar se debía más a que el equipo no conseguía salir a la contra como otras veces. El biorritmo del encuentro transcurría por el habitual dominio visitante, el Valencia tenía el balón y nosotros esperábamos replegados. No creaban, ni crearon, una sola ocasión de peligro, pero nosotros no salíamos como siempre, no generábamos el peligro habitual.

El conjunto de Djukic se replegó perfectamente durante esa primera hora. Cerraban espacios con dos líneas de cuatro que los nuestros no eran capaces de superar. Llevamos mucho el ataque por banda izquierda pero con pocos jugadores. Había mucho balón por esa banda y mucha camiseta rojiblanca por la otra. Parecía que hacíamos lo que ellos querían, hasta que entendimos que era todo lo contrario. Confiados con su buena primera parte, tras el descanso adelantó algo más las líneas el conjunto valencianista. Filipe, al contrario que en el primer tiempo, quedó atrás y dejó la responsabilidad ofensiva de los laterales a Juanfran. Esto hizo que la banda derecha de los levantinos se creciese, que creyese que habían ganado su batalla por el flanco. Habían caído en la trampa del Cholo.

Fue así como un balón en largo, una contra, rompió el partido. Diego Costa arrancó desde el centro del campo, pegado a la izquierda, y se lanzó a por el gol. Arrancó nuestra bestia y se echaron a temblar los defensas. Hasta tres jugadores de blanco intentaron cerrarle, no regateó a ninguno, no le hizo falta. Tal pavor genera el de Lagarto en las zagas rivales que no fueron capaces más que de recular. Pasito a pasito, temblo a temblor, se metieron en su área pequeña (desde la línea del centro del campo donde había empezado la carrera) y Diego ahí no perdona. 1-0, fuera posibles fantasmas, respiro de alivio y alegría desbordada en el Calderón.

A partir de ahí se acabó el partido. Saldría Raúl García por Villa. El navarro había quedado. Otra vez asistió a su cita y el gol se volvió a presentar. A este paso esa relación va a pasar de noviazgo fugaz a matrimonio vitalicio. Parece que no hay partido que se precie que no acabe con goles de Costa y García. Habría tiempo para dos penaltis, los dos provocados por Diego, los dos tirados por él. El priemro lo falló. El segundo no lo iba a tirar. El Cholo pidió que lo tirara Raúl, el campo que fuese Diego, como sus compañeros. Al final pudo el orgullo. El hispano-brasileño marcó, ajustició y sentenció. Con un gol más hubiésemos sido líderes en solitario. ¿A quién le importa? El ‘uno más’ del Cholo se refería a ese gol, aunque en realidad significaba mucho más. Pedía un gol, pero también pedía un metro, un minuto más. Es todo lo que importa.

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