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Un EQUIPO que escribe la Historia

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Un EQUIPO que escribe la Historia

Sigue viva la eliminatoria. El Calderón decidirá, y allí, con 12, con el aliento de la hinchada, el Barcelona lo va a tener crudo, va a sufrir. Como sufrimos nosotros anoche. Como héroes que son, los nuestros lucharon contra viento y marea, contra arbitraje Champions, contra el mejor jugador del mundo (un señor de Albacete) y contra el infortunio de las lesiones. Sacamos un empate luchado y merecido. Por mucho que Salinas despreciase nuestro fútbol, por mucho que los culés crean que sólo vale la posesión, el fútbol volvió a premiar al que se lo toma a pecho, al que se deja la vida por una idea, por un compromiso.

Con los dientes apretados

Salimos a por el partido desde el primer minuto. Apretamos arriba, sofocamos la salida del balón y pudimos adelantarnos en los primeros minutos. A sabiendas de que el ritmo no se podía mantener contra el equipo pastoril, pasados 10 minutos nos replegamos. Se cedió campo y pelota, se dejó que el Barça marease el juego como a ellos les gusta y esperamos la nuestra. Mucha posesión y poca profundidad local y mucho miedo entre la grada catalana cada vez que el Atleti lanzaba contras. Eso en el primer tiempo, en el segundo, conscientes del valor de un empate fuera, decidimos replegar aún más y dejar la faceta ofensiva a la casualidad: si pasaba algo bien, si no, también.

Entre Diegos

Se nos cayó Costa. A la media hora de partido el delantero sufrió un pinchazo en el muslo derecho. Un dolor diferente al que trajo de San Mamés, una lesión distinta. Tanta hambre tiene el hispano-brasileño que el Cholo tuvo que convencerlo de que abandonara el campo. Quería seguir, quería darlo todo (aún más) por la camiseta, pero acabó aceptando la necesidad de la sustitución ante el calendario que nos viene. Perdimos un arma, pero ganamos otra.

Saltó Diego Ribas al campo a ser el Diego de antes, el gran Diego. Desde que llegó en enero, al centrocampista se le ha visto acaparar el balón demasiado, ha jugado a otra cosa, a algo que es necesario en ocasiones pero que, en otras, puede ser peligroso. Ayer no. En el Camp Nou hizo lo que tenía que hacer, y un poquito más. Corrió, ayudó, la aguantó cuando tuvo que hacerlo y la tocó cuando era necesario. Todo correcto. Hubiese sido un partido bueno del brasileño, de no ser por la barbaridad que hizo en el segundo tiempo. Ese segundo tiempo en el que comentábamos que estábamos a la expectativa. Diego la enganchó en el minuto 13, casi en su casa, y golpeó con una violencia salvaje que barrió la escuadra de Pinto. Un gol de otra latitud, un gol de clase mundial, un gol de crack.

Sólo un fallo

Todo el partido se trabajó. Como nunca, como siempre. Ver a los nuestros hacer ayudas es un espectáculo. Ver a Godín y Miranda anticipándose, ver a Gabi y a Tiago dejándose los pulmones en cualquier extremo del campo, ver a todos, en definitiva, trabajando como remeros en galeras, no puede más que producirnos orgullo. Pero se falló, una sola vez, pero fue suficiente. Una pérdida de Arda acabó en los pies de Iniesta. El de Fuentealbilla, con ese radar que tiene, puso un pase al único hueco que se abrió en la defensa atlética en toda la noche: la primera descoordinación entre Miranda y Juanfran. Fue suficiente. El ‘pelopollo’ Neymar se plantó sólo ante Courtois y sólo tuvo que cruzarla.

Esa fue la única que no pudo parar Thibaut. Porque todo lo demás, todo lo parable, y casi todo lo imparable, lo sacó el belga. Una vez más, otra noche heroica de nuestro portero. La semana que viene anuncia su destino para el año que viene. Recemos, roguemos y pongamos velas para que su deseo sea el  nuestro, para que siga siendo feliz haciéndonos felices. Le queremos, le necesitamos. Merecemos tener al mejor portero del mundo y el mejor portero del mundo merece hacer historia de verdad con un equipo de verdad.

Un alemán que podría ser español

No vamos a decir aquí que el Barça sacó un empate robando, no fue así. Pero sí es cierto que el señor Brych hizo uno de esos arbitrajes que tanto gustan a los grandes patrios. Todo jugador blaugrana que iba al suelo suponía falta a favor de los locales. Aunque Neymar hiciese la croqueta de manera absurdamente ridícula, aunque se tocase el balón limpiamente. Daba igual, todo era falta, y tarjeta claro. Porque, como todo el mundo sabe, si le haces falta a uno del Barça/Madrid debes ver la amarilla, faltaría más.

Para el otro lado fue todo lo contrario. Busquets, Bartra, Mascherano y compañía cortaban contras con patadas, codazos y agarrones como si nada, como siempre. Y luego está lo de la falta final: se dan 3 minutos de añadido, el Atleti tiene una jugada a balón parado que puede ser peligrosa y el colegiado pita el final en el minuto 2:50, lo normal vaya. En cualquier caso, estamos acostumbrados, sabíamos que contra eso también había que luchar, lo asumimos.

Así que sigue abierta la eliminatoria. Las semifinales de Champions están al alcance de la mano, sólo hay que aguantar 90 minutos. Un partido para escribir la historia en letras rojiblancas. Lucharemos y sufriremos, pero esta vez todos juntos, los 55000. El Calderón latirá con la pasión de siempre, con el orgullo del fútbol épico del Cholismo. Todas las gargantas aullando un mismo coro, el coro de un sueño, el coro del mejor equipo (en la más amplia acepción del término) que jamás hubo: el nuestro.

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