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Derrochando coraje y corazón

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Derrochando coraje y corazón

Trancurridos cinco minutos de partidos dieron ganas de irse para casa. Se repetía una historia vista una y mil veces. Gol del Madrid en el minuto tres en un despiste defensivo y penalty clamoroso sobre Costa no señalado. Avergonzados, hundidos por la leyenda negra de los derbis que amenazaba con hacernos padecer lo de todos los años, el corazón pedía dejarlo tranquilo y abandonar toda esperanza. Pero la Historia decidió hace meses que el camino atlético ya no se escribe con los mismos renglones torcidos de antaño. El Cholismo ha tomado las riendas del destino y le ha soltado un sopapo dejándole claro que el pasado es pasado y nuestro futuro no lo decide la tradición.

Así que, lo que en otro tiempo hubiese derivado en un hundimiento generalizado del equipo, ahora se convierte en la oportunidad para crecer, para demostrar que el nuestro es un equipo de hombres, un grupo de héroes que con el cuchillo entre los dientes mueren por nuestro escudo. Con el 0-1 y el primer hurto arbitral consumado, los chicos del Cholo se hicieron con el partido. Convirtieron a los vikingos en un pelele en sus manos y demostraron que la rojiblanca la viste un equipo grande, que juega con autoridad y que muere por su hinchada. No la vieron. Cada balón dividido era nuestro, cada jugada atlética prometía peligro y las madridistas se diluían como azucarillos. Los nuestros crecían mientras los suyos menguaban. El rugido del Calderón que parecía inevitable acabó llegando.

Dos de los nuestros

Podía haber caído el gol de muchas maneras, a balón parado o en cualquier jugada el goleador podría haber sido cualquiera de los diez rojiblancos. Pero, en cierto modo, es más bonito que el goleador no fuera cualquiera, que fueran dos canteranos, dos héroes de corazón rojiblanco, los que perforasen la portería blanca. El primero, el de Koke, llegaría tras una obra maestra de Arda en la frontal, un baile a la defensa merengue que todavía anda buscando al turco. Se la puso Turan al 6, solo dentro del área, y enganchó un latigazo imparable. Como un loco, como si quisiese arrancarse la camiseta, Koke celebró el gol como sólo lo celebra alguien que sabe lo que significaba, alguien con el escudo del Atleti grabado en el corazón. Nuestro orgullo.

Pero si de orgullo hablamos sólo un hombre puede representar nuestra idiosincrasia, la épica rojiblanca, el espíritu del Cholismo. Y ese hombre es nuestro capitán. Ni un gol habíamos conseguido en toda la temporada desde fuera del área. Eso significaba algo, quería decir que cuando llegase no iba a ser de cualquier manera. Y efectivamente no fue un gol cualquiera. En los estertores del primer tiempo, cuando los jugadores madridistas ya soñaban con los vestuarios, sacamos una falta en corto a 40 metros de la portería de Diego López. No fuimos pocos los que pensamos que habría que haber colgado el balón, tampoco fuimos menos los que pensamos «¿Adónde va?» cuando vimos a Gabi golpear el balón, pero sí fuimos todos los que desgarramos nuestras gargantas cuando el esférico perforó violentamente la portería blanca. El descanso, ahora sí, llegaba teñido de rojiblanco.

Hasta que aguantó la gasolina

A partir de la vuelta de vestuarios el partido se desarrolló como se esperaba. Los nuestros cerraron líneas, la de cuatro atrás y una de cinco con Raúl incrustado en el medio por delante. Arriba Diego Costa cazando contras, y a punto estuvo de colar el tercero. En el juego lo habitual: Pepe dando vueltas de campana sin nadie cerca, la defensa y el centro del campo del Madrid pegando codazos y cortando contras sin sanción alguna, Bale recortando hacia dentro sin conseguir nada, Cristiano haciendo bicicletas que se iban fuera, y el Mono queriendo arrancarle la cabeza al árbitro con razón. Lo de siempre, vaya. Se acercaba el final del partido y parecía que sí, que los tres puntos se quedaban en el Manzanares. Pero la fuerza física no llegó para aguantarlo todo. Un fallo puntual fue todo lo que necesitaron. Un error de Mario, perfecto hasta entonces, acabó desembocando en el empate. Es lo que tienen los equipos dopados económicamente, no tienen que hacer nada, ni siquiera jugar al fútbol, para colarte dos goles en dos ocasiones.

Podríamos decir que al final sí que sucedió lo de siempre, pero sería faltar a la verdad. Lo cierto es que, pese al empate, se ganó más de lo que se perdió. Se mostró que no somos inferiores a los blancos, que no hay miedo, que no estamos aquí de casualidad, el hambre nos ha traído hasta este punto y, le pese a quien le pese, el hambre sigue ahí. Perder nos hubiese despedido de cualquier opción en la Liga, y no vamos a decir que por empatar vamos a ser campeones (eso es de vikingos), pero sí que nos da una segunda oportunidad, máxime cuando el goal-average con el maligno está ganado. Puede que al final no se consiga nada, que quede todo en agua de borrajas, pero mientras haya hueco para la lucha seguiremos luchando. Y lo hay, vaya si lo hay.

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