Orgullo y perjuicio

“Hay que felicitar al Barcelona por manejar todo muy bien” - Diego Pablo Simeone

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Nueva noche de orgullo rojiblanco en Barcelona, acompañada eso sí, como casi siempre que se visita el Camp Nou, de una noche de vergüenza para el fútbol español a razón del arbitraje. Se comió el Atleti al Barça once contra once, once contra diez, diez contra diez y diez contra nueve. En un país normal, en una competición decente, el partido de ayer habría acabado con una victoria rojiblanca. Pero no es el caso; jugamos un fútbol adulterado, tramposo, un fútbol en el que dos equipos juegan todos los partidos con ventaja y en el que se creen con derecho incluso a quejarse si el árbitro no les concede absolutamente todo lo que piden.

Este fútbol, el español, empieza a echarnos a los aficionados que no somos vikingos o culés (la misma mierda es), empieza a desesperarnos a base de atracos. Atracos demasiado seguidos, demasiado sostenidos en el tiempo. Mientras el Madrid se pasea por la Liga a base de goles en fuera de juego y penaltis inventados, el Barcelona se ha plantado en la final de Copa con dos partidos de semifinales en los que el campo estaba excesivamente inclinado por el encargado de impartir justicia. No sólo eso, sino que no contentos con los regalos y ayudas recibidas, tienen la poca vergüenza los culés de salir tras el partido a protestar por la labor arbitral. Es lo que tiene robar, que cuando te acostumbras te parece lo normal.

En cualquier caso pudo ser el de ayer uno de los mejores partidos de la temporada atlética. Los primeros 30 minutos fueron un asedio constante, una avalancha de ocasiones rojiblancas que acababan marchándose al limbo una tras otra. Media hora en la que sólo hubo un equipo sobre el césped, en la que Saúl y Koke no pisaron campo propio merced a la espectacular presión de todo el equipo que recuperaba una y otra vez cerca del área barcelonista. Remábamos y remábamos y nos quedábamos siempre en la orilla, siempre a centímetros del gol. Se acercaba, se olía, se mascaba ese 0-1 a punto de llegar. Pero lo que llegó en vez de el gol fue el punto de inflexión del partido. Sergi Roberto arrolló a Torres dentro del área a dos metros del árbitro. Lo que debió haber sido penalti y expulsión por segunda amarilla quedó en nada, en un ‘lance más del partido’ de esos que no se repiten hasta la saciedad en los informativos porque somos el Atleti y lo que nos pasa es que «no sabemos perder».

Ese penalty no pitado que hubiese dejado al Barcelona con 10 con una hora de partido por delante pudo cambiar el destino del encuentro. Quizá, muy probablemente, no hubiese acabado en gol visto lo que sucede cada vez que nos vamos hasta los once metros. Pero Sergi Roberto se ganó esa y otras dos veces más la segunda amarilla hasta que, mediada la segunda parte, a Gil Manzano ya le entró la vergüenza y tuvo que expulsarle. Para entonces Messi ya se había echado la única carrera que se iba a echar anoche y un rechace a un disparo suyo había acabado con el 1-0 de Suárez.

Aun así, con 1-0 y once contra 10, los nuestros encerraron al Barcelona y empataron el partido. Gil Manzano lo desempató por medio de su linier que, haciendo su trabajo a la perfección, anuló un gol completamente legal a Griezmann. No nos hundió esa injusticia, seguimos remando. Poco después Carrasco hizo la estupidez de la noche y se autoexpulsó con una entrada absurda en un balón absurdo. Y seguimos remando, no nos hundimos. Y llegó el penalty, clarísimo, de Piqué a Gameiro que el francés falló. Y cuando todo animaba a que nos hundiésemos, a que nos dejásemos arrastrar hasta el fondo, seguimos remando. Y llegó el empate, y llegó la expulsión de Suárez que tardó dos minutos en salir del campo ya que consideraba una injusticia que por una patada por detrás y un codazo en la cara le hubiesen sacado dos amarillas. Y el Atleti siguió, y las tuvo, y nos puso de rodillas a todos delante del televisor; con la letra g del gol que no llegó enganchada en la garganta.

Faltó el gol, faltó la suerte y faltó un arbitraje digno de un país serio. Que el fútbol español es vergonzosamente parcial es algo a lo que ya estamos acostumbrados y que, como decíamos, genera cada vez más asco y rechazo por parte de los que no son aficionados vikingoculés. Pero más allá de eso, lo que nos llevamos del Camp Nou es la percepción real de que, con la entrega y el compromiso necesarios, los nuestros son capaces de cualquier cosa. El orgullo con el que nos volvemos de Barcelona supera con creces a la indignación. La identificación de casi todos los jugadores con los valores que representa nuestro escudo y nuestra renovada fe en el Cholo y sus muchachos es la mejor conclusión del partido de ayer. A partir de los mimbres mostrados en los últimos 135 minutos de eliminatoria se puede tener esperanza en que queda mucho que decir este año. Y si en España no nos dejan habrá que hacerlo en Europa.

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